Fuego en el cuerpo: la flora intestinal y la inflamación crónica

Es curioso. Una vez que te das cuenta de que la relación entre la nutrición, las enfermedades, la salud y el metabolismo es algo complicado, complejo e interdependiente, entonces todo se torna un poco más simple. El estrés crónico engendra la inflamación crónica, lo que eleva el cortisol crónicamente, lo que induce resistencia a la insulina y la acumulación de grasa abdominal. Los celíacos son también generalmente intolerantes a la caseína. Los diabéticos tienen más enfemedades cardíacas y mayores tasas de mortalidad por cáncer. Los diabéticos suelen ser resistentes a la insulina y normalmente tienen sobrepeso. Los celíacos son a menudo diabéticos de tipo 1. Los que tienen sobrepeso duermen menos, trabajan más y toman menos el sol que los que son más delgados.

Sería muy difícil el trazar las relaciones precisas entre miles de enfermedades y sus desencadenantes nutricionales y/o factores de riesgo. El hacerlo probablemente produciría un mapa demasiado complicado de enteder. En su lugar, lo que hacemos es especular en mayor o menor grado. Hacemos conjeturas sobre la base de evidencias clínicas, anecdóticas y el registro antropológico. Como punto de partida, nos fijamos en lo que las personas con inflamación crónica…, obesidad, enfermedades autoinmunes, diabetes y enfermedad celíaca comen, cómo duermen y cómo se ejercitan. Los precisos mecanismos fisiológicos detrás de algunas de estas relaciones aún no se han dilucidado plenamente, pero sabemos que las relaciones existen, y eso es por lo general suficiente para obtener resultados. Por lo tanto, buscamos la simplicidad.

Bueno, tal vez deberíamos hablar de relativa simplicidad. Lo que quiero decir es que el cuerpo humano es increíblemente complejo, y cada uno de sus procesos tiene múltiples factores. Tan pronto como desciframos la causa y efecto, nos vemos acosados con más preguntas. Hay pasos intermedios en el camino. ¿Cuál es la causa de la “causa” de ese “efecto”? ¿Qué ocurre a nivel celular? ¿Cuántos pasos, cuántos mecanismos hay en juego entre causa y efecto? Es casi como un sistema de ecuaciones con infinitas incógnitas. Simplemente porque hay demasiadas cosas sucediendo a nivel celular para mantener los procesos fisiológicos.

Sabemos que la inflamación sistémica, especialmente crónica, parece estar involucrada en casi todas las enfermedades bajo el sol. La obesidad, el cáncer, las enfermedades cardíacas, las enfermedades autoinmunes están matando a la gente, aumentando los costes sanitarios y reduciendo la calidad de vida, y sabemos que la inflamación está participando en mayor o menor grado en todas y cada una de estas enfermedades. Eso facilita las cosas, en mi opinión, porque tenemos una idea clara de cómo evitar la inflamación crónica, y esto es la mitad de la batalla:

– Evita los azúcares y los aceites vegetales procesados. Si no puedes pasar sin ellos, toma los granos y las legumbres con mucha moderación.

– Come animales sanos (incluyendo su grasa), junto con verduras, frutas y nueces de vez en cuando.

– Duerme con abundancia.

– Haz ejercicio regularmente – pero no demasiado, y mantén el “cardio” crónico al mínimo.

– Toma el sol con moderación.

– No te estreses.

Ahora hay una nuevo elemento (ancestral) a considerar en la lucha contra la inflamación crónica: la flora intestinal. Entender nuestros propios cuerpos es bastante difícil, pero ahora también tenemos que comprender de cómo las hordas de microbios (simbióticos) que viven en nuestros intestinos interactuan con nuestra salud. Ya sabemos bastante.

Nuestra relación con la flora intestinal es confusa y algo precaria. Si las condiciones adecuadas se cumplen, convivimos en armonía. Si las bacterias buenas son estables, éstas rompen la fibra (como la pectina y la inulina) en ácidos grasos de cadena corta (como el butirato), y trabajando en armonía con el cuerpo, la inflamación intestinal se suprime, la permeabilidad intestinal se reduce, y múltiples biomarcadores de salud (como los lípidos y la insulina ) mejoran. Pero debemos recordar – la flora intestinal no existe para nuestro beneficio. Incluso si las especies de flora intestinal tuviesen conciencia, estarían actuando por propio interés. Nosotros no les “importaríamos” a ellos. Simplemente están tratando de sobrevivir. Lo que pasa es justamente el mantenernos felices mediante la regulación de la respuesta inmune, ayudar a identificar a intrusos perjudiciales, y producir ácidos grasos de cadena corta como el butirato, pone a la flora en una situación simbiótica con nuestro sistema inmunológico. Ellos nos rascan la espalda, nosotros les ofrecemos alojamiento y comida y no les enviamos anticuerpos para destruirlos.

La flora intestinal influye en la respuesta inmune humana: bloquea las bacterias dañinas, evita que el sistema inmunológico desperdicie recursos atacando microorganismos que nos son perjudiciales, e influencia el tamaño del timo. Los ratones sin flora intestinal tienen una respuesta inmune severamente truncada, por ejemplo.

Cuando hay estímulos dañinos, ¿cuál es la respuesta inmune primaria? La inflamación. En dosis adecuadas, la inflamación es una bendición, necesaria para la curación y la protección de invasores. Sin embargo, en exceso, la inflamación está relacionada con una miríada de enfermedades. La inflamación intestinal especialmente está asociada con un número importante de enfermedades autoinmunes. El síndrome de permeabilidad intestinal, por ejemplo, está asociado con la inflamación del intestino, y con proliferación bacteriana excesiva en el intestino.

El sobrecrecimiento bacteriano intestinal se produce cuando la flora intestinal se ve comprometida. Recuerda, la flora intestinal normal actúa como una barrera física para los patógenos, son los inquilinos tercos que se niegan a salir y disuaden a la flora exógena que puede causar problemas. Cuando la flora intestinal desaparece o está en condiciones precarias, entonces las bacterias patógenas puede campar a sus anchas y colonizar los intestinos a su antojo. El resultado es sobrecrecimiento bacteriano y de otros patógenos, lo cual conduce a inflamación intestinal e hipermeabilidad intestinal.

Unas barreras llamadas complejos de unión protegen las vías entre las células epiteliales intestinales. Estos complejos de unión, y sus receptores (que actúan como las cabinas de peaje de las autopistas), se basan en la cooperación de la flora intestinal para saber a qué proteínas y a qué moléculas se les prohibe la entrada. Cuando la flora intestinal y los complejos de unión se ven comprometidos, entonces se permite la entrada en el torrente sanguíneo a proteínas y otras moléculas sin orden ni concierto. Si las proteínas dañinas (como las lectinas de los granos y legumbres, por ejemplo, o el gluten) se cuelan en el torrente sanguíneo son reconocidas por el sistema inmunitario. Éste responde como lo haría con cualquier intruso dañino: con inflamación.

En dosis adecuadas, la inflamación es una bendición, necesaria para la curación y la protección contra los invasores…

¿Ves a dónde voy con todo esto?

Todo es un círculo vicioso. La inflamación conduce a tener una flora intestinal alterada (o quizás es al revés, el clásico dilema del pollo y el huevo), al mal funcionamiento de los receptores de los complejos de unión y también a tener un  intestino permeable. Esto permite que ciertas proteínas entren en el cuerpo y provoquen una respuesta inflamatoria dirigida por el sistema inmunológico. Más inflamación, más sobreproliferación bacteriana, a lo que se añade tal vez una dosis de antibióticos que elimina las bacterias intestinales, lo que provoca una auténtica carrera de microbios para colonizar y cubrir las vacantes. El resultado es – potencialmente – una flora intestinal alterada de modo permanente que no sólo se fomenta con la inflamación sistémica sino que además la favorece en sí misma. ¿Dónde terminará todo esto? ¿Cómo lo arreglamos?

Las tácticas comunes no parecen funcionar muy bien. El excesivo uso de antibióticos afecta negativamente a la flora intestinal, destruyendo no sólo los malos sino también los buenos. Imaginemos un bombardeo masivo indiscriminado. El tener una infancia con poco contacto bacteriológico (esterilizarlo todo y evitar la suciedad a toda costa, la falta de lactancia materna, o nacer por cesaria) tiene un efecto similar a los antibióticos al limitar la variedad y la cantidad de flora intestinal desde el principio. Tanto se si tenía flora intestinal y se perdió, o nunca se tuvo, el efecto es el mismo: niveles subóptimos de bacterias intestinales. Ni evitar las bacterias, ni erradicarlas es la solución.

Entonces, ¿cuál es la solución, más allá de viajar en el tiempo a tu infancia para recolonizar tus intestinos con probióticos?

La primera sugerencia del blog de antiinflamación del doctor Dr. Art Ayer es adoptar una dieta anti-inflamatoria. Sus recomendaciones dietéticas son esencialmente idénticas a la mías – alto contenido en grasas saturadas, proteína de origen animal en moderación, baja contenido en omega-6, suplementos de omega-3, verduras de hoja verde, algunas frutas y frutos secos. También sugiere el uso de probióticos, ya sea en forma de suplemento o de alimento (yogur, kefir, chucrut), para repoblar el intestino con la buena flora. La siguiente sugerencia es la más interesante: comer vegetales fibrosos recien sacados de la huerta, sin lavar, con el fin de alimentar a su nueva flora, así como introducir nuevas bacterias y enzimas digestivas para diversificar el conjunto de capacidades de la flora intestinal (de forma similar a como ciertas enzimas bacterianas transportadas en las algas marinas “enseñaron” a la flora intestinal de los japoneses a digerir las algas). Los alimentos como la jícama, la cebolla, el ajo y las alcachofas de Jerusalén suministran el prebiotico inulina (un tipo de fibra), que la flora intestinal consume y convierte en útiles ácidos grasos de cadena corta.

Parece un plan sólido y familiar. Una dieta básica paleolítica que es anti-inflamatoria, junto con promover el consumo de alimentos fermentados y probióticos, y quizá hacer mayor hincapié en tomar prebióticos para ayudar a la flora a estar en orden.

Si hay algo que he aprendido como hombre casado y padre de dos hijos, es que el mantener los organismos que viven bajo tu techo felices y bien alimentados es absolutamente esencial si pretendes tener una vida anti-inflamatoria y baja en estrés.

—————

Este artículo es una adaptación de “Putting Out the Fire: Gut Flora and the Inflammatory Cycle” por Mark Sisson (experto en dieta paleolítica y ejercicio funcional).